18 de Mayo de 2011

Aparición en TV

Recientemente fui invitado a participar en un interesante debate sobre cómo se forma y desarrolla el talento, en el programa “Para todos” de TVE2. Este es el link donde se puede ver el debate por si os puede resultar interesante:

Para Todos La 2 – ¿Ser capaz o ser tenaz?

3 de Octubre de 2010

Mi país ideal (ix) la administración pública III

Hago una especie de bis respecto a la última entrada de la serie “mi país ideal” en el que hablaba de la administración pública. Viene a cuento por dos anécdotas ocurridas en los últimos días y que creo que ilustran muchas cosas.

El otro día un amigo me explicó que una persona cercana que trabaja en una universidad pública como responsable de un departamento necesitaba fichar a una persona. Para ello, se constituyó un “tribunal” formado por el rector, el responsable de recursos humanos (que por lo visto no ha empezado a entender ni la primera R del término) y un delegado sindical; el jefe del departamento, como deferencia especial, fue invitado a atender a las entrevistas, sin voz ni voto (?!). Había 3 candidatos, uno que no se sabe cómo llegó allí, debía ser de relleno; otro era una chica brillante, formada en lo que se requería, espabilada, comprometida, la candidata ideal; y un tercero era un becario que trabajaba en la universidad. El jefe del departamento suplicó fichar a la chica, pero el sabio tribunal fichó al becario, con el argumento inapelable de que “era uno de los suyos” (a saber á qué se referían: ¿estaba afiliado al sindicato? ¿era amigo o pariente lejano de alguno de ellos? ¿pertenecía al mismo partido político de alguno de ellos?…).

La otra anécdota la viví yo mismo. Esta semana pasada Synthon recibió una dura auditoría de tres inspectores de la FDA (la autoridad sanitaria de EEUU). Llegaron un domingo (volando en turista desde NY), trabajaron cada día de la semana de 8 de la mañana a 8 de la tarde, haciendo gala además de una profesionalidad, conocimiento y energía realmente de admirar; y regresaron el sábado por la mañana a EEUU. En una conversación informal les preguntamos qué les había llevado a trabajar en la administración, y explicaron que las agencias públicas norteamericanas llevan a cabo una intensa labor de búsqueda de los mejores candidatos, empezando por las universidades en las que realizan tests hechos a medida para encontrar los mejores perfiles para el trabajo que necesitan hacer, pasando por muchas otras acciones y, sobre todo, una exhaustiva formación que les lleva a sentirse orgullosos de defender la salud de sus compatriotas con el máximo ahínco y profesionalidad.

¿Significa ésto que en la administración pública norteamericana no puede haber funcionarios vagos, desmotivados y que prestan un servicio lamentable a su cliente-ciudadano? Seguro que no, sin duda los debe haber. Sin embargo, ante estos dos estilos de seleccionar candidatos creo que nadie puede dudar de qué administración pública tiene más probabilidad de tener este tipo de funcionarios, ¿no? Todas las generalizaciones basadas en ejemplos son, por definición, injustas, pero a la vez los ejemplos demuestran algo, que cuando es tan claro y evidente, es difícil de contestar. La administración pública de EEUU sin duda no es el modelo ejemplar a seguir, y tiene muchas deficiencias. Pero algo hacen mejor que nosotros, de esto tampoco queda duda.

5 de Agosto de 2010

Mi lider ideal (iii) el rey Arturo?

Continuo la serie de posts sobre mis líderes de referencia, y a pesar de lo que pueda parecer, continuo con la idea de que este blog sea actual, riguroso y realista… ¿y cómo liga esto con el rey Arturo? os preguntaréis. Pues liga, liga más de lo que parece. Veamos.

Pocas figuras han generado tanta leyenda, literatura, ópera y sueños como el rey Arturo. Es uno de los personajes literarios con más resonancia universal, que personalmente siempre me fascinó desde pequeño, y la pregunta obvia que siempre me hacía es: ¿pudo haber existido realmente o es sólo un mito? En los últimos años distintos hallazgos y avances históricos han permitido verificar con bastante credibilidad y aceptación que Arturo existió, aunque como en muchos otros casos, la realidad da pié a la ficción pero no necesariamente se parece mucho a ésta. Incluso ha habido algunos libros y alguna película que más o menos han tratado de narrar lo que parece que fue la historia real.

El personaje histórico en el que se basan los mitos artúricos fue un tal Lucius Artorius Castus, descendiente de un romano que se instaló en las islas británicas y que empezó un linaje de militares romanos que desempeñaron distintas funciones de defensa de Bretaña frente a las oleadas de invasiones bárbaras que éstas sufrieron igual que Europa. Lucius nació alrededor del 450 dC y ocupó distintas posiciones en el ejército romano destacado en las islas, por lo visto todas ellas con notable competencia puesto que fue ascendido rápida y sucesivamente hasta llegar a tener un papel de liderazgo en la campaña militar que repelió la invasión bárbara desde Hibernia (Irlanda), acción que fue considerada como una gran hazaña épica, puesto que de haber perdido esa agónica guerra probablemente Britannia hubiese sucumbido definitivamente frente a los distintos pueblos bárbaros que la acosaban y el poder romano y la religión cristiana no hubiesen perdurado.

Aurelio era por aquel entonces el Regissimus Britanniarum (regente o máxima autoridad romana en Bretaña) y, antes de morir, adoptó como hijo y designó a Artorius como su sucesor, de forma que así accedió a una posición que más tarde se confundiría con el rey de Bretaña. Y aqui empieza realmente la leyenda de Arturo, y lo que para mi es más relevante: empezó la realidad de uno de los mejores líderes de los que tenemos referencia, porque en mi opinión fue precisamente su perfil y proyecto de liderazgo los que generaron la posterior leyenda.

Arturo se encontró una Bretaña acosada y casi invadida por los bárbaros, pobre, sin apenas poder militar más que los restos de antiguas valerosas legiones romanas, en plena crisis profunda no sólo económica sino de valores e identidad. Y también se encontró a un imperio romano que apenas podía protegerse de las invasiones bárbaras europeas, corrupto, decadente y que abandonó progresivamente su apoyo a las colonias, las islas entre ellas. Sin embargo, Arturo construyó un proyecto claro, simple y atractivo de futuro, y se empeñó en refundar una Bretaña fuerte, segura y próspera.

Durante meses viajó por la isla conociendo los detalles y problemas de su pueblo, y a partir de este diagnóstico realista estableció una nueva capital en Camulodunum (la ciudad fantástica de Camelot en las leyendas, aunque la realidad parece ser bastante menos atractiva puesto que se trataba de un campo militar establecido como base en un punto estratégicamente situado entre los distintos campamentos que fue creando Arturo en las fronteras de Bretaña para defenderse de los bárbaros, muy práctico pero por lo visto no muy bonito). Y desde allí trabajó incansablemente para reestablecer el orden, la paz, las infrastructuras y el comercio en la isla.

Su gran destreza militar lo llevó a grandes victorias sobre los distintos pueblos bárbaros que desde el norte, las otras islas e incluso el continente pretendían invadir Britannia. Y para ello se valió de una potente estructura de caballería que creó (y que se convirtió en la legendaria orden de caballeros de la mesa redonda en los mitos) y desarrolló hasta convertirla en una fuerza militar temida y respetada. Y, por cierto, también hay evidencias de que se apoyó mucho en un asesor-sabio-vidente que dió pie al mito del mago Merlín.

Por lo visto su primera esposa (Leonor de Gwent) no le puso las cosas fáciles, era una fuente de problemas constantes para Arturo y, aunque no está claro, incluso parece que finalmente le pudo abandonar por otro caballero (dando pié al mito artúrico del adulterio). Sin embargo, Arturo era una persona religiosa y fiel, que no quiso romper su vínculo matrimonial hasta que ella lo hizo, y más tarde Arturo se volvió a casar con Ginebra, probablemente también descendiente de una familia romana instalada en Bretaña. Y parece que el enlace con Ginebra prácticamente coincidió con la proclamación de Arturo como Imperator, un título en principio honorífico pero que según parece Arturo intentó usar para construir un nuevo orden político que otorgara una autonomía de Britannia respecto al ya casi desaparecido imperio romano de Occidente.

A la vista de la evolución que siguieron las antiguas regiones romanas tras las invasiones bárbaras y el desmembramiento del imperio, convirtiéndose en el origen de la mayoría de países europeos actuales, probablemente Arturo era un visionario y esta ambición tenía mucho sentido, pero no fue bien recibida por algunos de sus contemporáneos, y tuvo una fuerte oposición, la principal personalizada en un tal Lancearius Medrautus (el perverso Mordred de las leyendas), un noble descendiente de una rama familiar de Aurelio y con unas ambiciones de suceder a Arturo que con este nuevo giro que dieron las cosas quedaban muy limitadas. Medrautus reunió a un poderoso ejército al que incorporó distintos enemigos de Arturo (irlandeses, anglos, escoceses…) y se enfrentó abiertamente a él, y parece que en una batalla cerca de Cambloganna ambos murieron.

Tras Arturo nadie fue capaz de vertebrar un fuerza política y militar sólida y Britannia acabó sucumbiendo en una edad oscura de invasiones bárbaras y caos. Lo cual, sin duda, fue un buen caldo de cultivo para hacer crecer la leyenda de Arturo y del tiempo pasado que él consiguió que fuera seguro, estable y próspero, y que muchos esperaban poder volver a vivir algún día. Y, como ocurre siempre, con el tiempo las buenas historias se van magnificando, exagerando y modificando, hasta convertirse en leyendas y mitos que en este caso han perdurado.

Para mi, es muy significativo e interesante que Arturo tuviera lo que podríamos llamar un perfil de liderazgo excelente (usando mi modelo L.I.D.E.R. tenía una visión y un proyecto claro a corto y largo plazo, una gran capacidad de inspirar y aglutinar al pueblo en este proyecto, siendo cercano y respetado, una enorme destreza militar y capacidad como gobernante, una gran disciplina y pasión en la ejecución del plan y consiguiendo además resultados tangibles y era un referente y un ejemplo a seguir en muchos aspectos y en los valores que promulgaba y defendía, según todos los indicios), y que por todo ello se haya convertido en una leyenda eterna y universal, lo cual dice mucho de la importancia del buen liderazgo en cualquier tiempo y sociedad.

28 de Junio de 2010

Mi país ideal (viii) la administración pública II

Sigo con la última entrada sobre la administración pública y el modelo que debería o podría seguir. En primer lugar he de reflejar un comentario que me hicieron sobre el último post. En él se habla de políticos y funcionarios, y no muy bien en términos generales, y un amigo me comentó que hay funcionarios que, en medio de un entorno ciertamente ineficiente y politizado que no ayuda nada a conseguir resultados destacables, luchan contra todo ello y consiguen cosas extraordinarias con un mérito que se debería reconocer. Tiene toda la razón, yo mismo conozco algunos de ellos, incluyendo personas cercanas e incluso familiares. Por tanto es necesario decir que las generalizaciones son siempre peligrosas y precisamente sobre algunos de estos funcionarios habría que construir un modelo diferente de administración. ¿Y cómo debería ser esta administración? Pues es un tema demasiado complejo como para ventilarlo en un post, pero desde luego sí se pueden trazar unas líneas clave que deberían marcar el camino:

a) Simplicidad. Hoy nos encontramos con administraciones locales (ayuntamientos), regionales (diputaciones -por cierto, ¿alguien me puede explicar de qué sirven en realidad, en la práctica?-, ahora se están discutiendo las vagueries que se añadirían a las ya existentes), autonómicas (CCAA), nacionales… entre otras. Y en esta maraña de distintos niveles se pierde cualquier claridad. ¿Por qué no podría haber sólo 2 niveles, una administración central y una local próxima al ciudadano para atenderle y proporcionarle todos los servicios necesarios?

b) Proximidad. La administración existe para dos funciones básicas: gobernar y atender al ciudadano dándole una serie de servicios (que podríamos discutir si son muchos o pocos). Para esta segunda función, como saben perfectamente todas las empresas de servicios, la clave es la proximidad. Si quieres atender bien a un cliente (y la administración debería no olvidar nunca que el ciudadano es su cliente) tienes que conocerlo y estar cerca de él, descubriendo sus necesidades reales para cubrirlas de la mejor forma posible, mejor que la competencia (si existiera… aunque podría existir en el sector privado) para que ese cliente te elija a tí. Por esto, la administración local debería ser mucho más relevante, siendo la que vehiculizara la mayoría de servicios que se prestan al ciudadano y ejerciendo de interlocutor con él. Sé que de la forma en que funcionan la mayoría de ayuntamientos hoy en día esto parece una locura, pero hablo en teoría…

c) Mínima centralización pero sólida. Para homogeneizar y controlar la actuación de estas administraciones locales/próximas potentes, debería haber una administración central reducida, pero muy potente, un verdadero equipo de gestores que guían y controlan a la vez la actuación de los locales, orientándoles cuando fuera necesario, dándoles soportes y algunos servicios centrales que por eficiencia conviene no localizar, etc. Este núcleo tendría que ser la estructura que sostiene el edificio.

d) Profesionalidad. La administración pública es muy compleja, gestiona enormes recursos y requiere de la máxima profesionalidad dada la altísima responsabilidad que supone estar gestionando el dinero que se obtiene de los impuestos que son dinero que se “saca” de los trabajadores a los que les cuesta mucho esfuerzo ganarlo. Los gestores públicos deberían ser profesionales solventes y contrastados, en cada puesto según la necesidad, pero con experiencia y capacidad suficientemente demostrada. Para ello el modelo entero de funcionariado debería cambiar, convirtiéndose en una carrera profesional atractiva no por ser un trabajo seguro sino retador y bien remunerado, pero super exigente y controlado, igual o más que cualquier empresa privada. Y desde luego ello significa que al funcionario se le pueda despedir cuando no tiene la aptitud o actitud necesaria, sólo faltaría.

e) Orientación al servicio a cliente. La cultura que debería impregnar la administración debería ser la de orientación al cliente (el ciudadano), con todo lo que ello significa: como decía antes conocerle, estar próximo a él, enfocar los recursos a cubrir sus necesidades reales, darle un servicio óptimo, comunicarse de forma transparente y fácil (“ventanilla única”, uso intensivo de los recursos que permite la red, etc.).

f) Máxima honestidad y control. La administración pública debería ser un ejemplo de muchas cosas: eficiencia, eficacia, exigencia… pero también, y sobre todo, de honestidad, rigor, disciplina y control. Con el dinero del contribuyente no se puede jugar, y debería existir la máxima garantía de que quienes lo gestionan lo hacen de la forma más ética y racional posible, y además existe un control exhaustivo y castigos ejemplares para quien no lo haga así. Además debería haber la obligación de rendir cuentas de forma regular, abierta y transparente, y no a los políticos sino a los ciudadanos, claro.

g) Mínimo intervencionismo. La administración no debe ser omnipresente ni meterse en todo, al revés. Siempre que una iniciativa privada pueda/quiera cubrir alguno de los servicios que presta la administración debería hacerlo, y se debería fomentar la competencia privada y píblica (pero entonces esta última compitiendo en igualdad de condiciones, claro) para exigir a ambas la máxima eficiencia y los mejores resultados.

h) Orientación a resultados y negocio. Hoy parece que lo público, por serlo, ha de perder dinero y hay que aceptarlo. Todo lo que se gestiona en el sector público (o casi todo) podría ser susceptible de estar bien gestionado y ser un negocio no tan ruinoso como lo es en la actualidad. Hay incluso actividades en las que se podría ganar dinero reduciendo así la necesidad de recaudación impositiva. Esto debería ser un principio básico para la gestión pública.

Podría seguir con unos cuantos principios más, pero creo que la idea está bastante clara. Es evidente que con unas pocas líneas y cuatro principios uno se carga todo el sistema actual de asministración pública, por eso en mi post anterior decía que arreglar el dislate actual no es posible con una evolución sino que requiere una revolución. Es excitante pensar en cómo construir una administración pública realmente eficaz y eficiente, sería casi un caso único en el mundo, una best practice internacional. ¿Porqué nadie se lo plantea?

4 de Junio de 2010

Mi país ideal (vii) la administración pública

En mi país ideal no pasan cosas como la que me ocurrió a mi hace unos días. Se me llevó el coche la grúa; y no me refiero a que no pase esto, sinceramente creo que la calle no estaba bien señalizada y aparqué convencido de que estaba correctamente estacionado, pero ok, no lo estaba y la grúa hizo su trabajo. Tomé un taxi al depósito pensando en lo difícil que es imaginar que aquello es un servicio público que me prestan con los enormes impuestos que pago… hay que aceptarlo, para sancionar fuertemente a los incívicos (aunque mi coche no molestaba absolutamente a nadie: ni otros coches ni peatones…), blablabla. Pero toda preparación era poca para lo que me encontré allí.

Primero una señora mayor funcionaria, que al llegar a su ventanilla me pidió esperar. Al cabo de 5 minutos le pregunté si tendría la atención de atenderme en algún momento o no, y me contestó malhumorada que estaba terminando alguna tarea absurda que balbuceó y no entendí más que lo necesario para saber que no era nada útil ni urgente. Pagué los 200 euros de rigor y finalmente voy a por mi coche, triste y sólo en aquel sucio depósito… y veo una serie de rayadas sin duda hechas por la grúa. Con actitud aparentemente resignada pero con una incipiente erupción emocional en mi estómago, voy a la taquilla y pido una hoja de reclamación o denuncia. Tras más esperas y llenar un papel grotescamente obsoleto, me dice que espere en mi coche que vendrá ”la jefa” a comentarlo.

“La jefa” era otra señora de mediana edad, evidentemente almorránica y amargada, que tras llegar sin saludar, emitió una gutural onomatopeya que yo interpreto como “enséñeme las rayadas”. Le hago una explicación todo lo amable que puedo (mi coche ayer salió del taller, seguro que no tenía estos golpes, están en la zona de enganche de la grúa…) y tras una fugaz mirada supuestamente experta, hace un garagato en el papel y lo firma. Y mientras me da la copia amarilla me dice lacónicamente: “estas rayadas no pueden ser de la grúa, deben habérselas hecho en la vía pública antes de que la grúa se llevara el coche, así que la reclamación no procede”. Yo, atónito, le pregunto ¿pero es usted périto o algo? Y, molesta de que dudara de su ojo clínico, me espeta “yo tengo la autoridad para decidir si procede o no, y si no le gusta ponga una denuncia a la asociación de consumidores”.

No cuento como acabó la historia; no estoy especialmente orgulloso de que finalmente se produjera mi erupción emocional (bastante más virulenta que la del volcán islandés que el otro día me anuló una serie de vuelos y me obligó a ir conduciendo hasta Holanda…) ni de algunos de los improperios que dediqué a ”la jefa”, por otro lado una pobre desgraciada que se juega el físico cada día ante indignados conductores que han de echar mano de sus largas vidas socializándose para no agredirla físicamente. Obviamente no conseguí más que, si acaso, desfogarme un poco. Con los obscenos impuestos que pago, que sirven también para pagar el sueldo de esa antipática funcionaria, fui un cliente que obtuvo un servicio lleno de desídia, maltrato, injusticia, burla a mi inteligencia, imbecilidad y amargura. Una auténtica delicia. Y cuando volvía en mi coche, tratando de serenarme, iba pensando que  el Ayuntamiento de Barcelona (que me da ese servicio) debe necesitar tantas multas a veces injustas para financiar acciones tan “importantes” (y caras) como la ridícula y mal-amañada consulta pública para las obras de la Diagonal… Esta es la administración pública que tenemos… ¿y que nos merecemos?

Es tan grande el despropósito de las administraciones públicas (locales, autonómicas, estatales y europeas) que no sé muy bien por donde empezar. De hecho, estoy convencido de que es un tema imposible de mejorar con una simple evolución, sino que sólo es posible una revolución (y grande). No creo que en un sólo post pueda resumir todo, así que en este me dedico a ver cómo estamos hoy…

En un ejercicio altamente masoquista y, claramente, sustitutivo de cualquier deporte de alto riesgo, en los últimos meses he leído varios libros sobre la corrupción política y los escándalos (conocidos) de las administraciones. El panorama es desolador y es casi imposible seguir pensando que debe prevalecer la presunción de inocencia y casi todos los trabajadores públicos y políticos son gente de buena fe y sólo unos pocos son corruptos. Porque no son unos pocos, son MUCHOS, MUCHÍSIMOS, ¡MÁS QUE MUCHÍSIMOS!

Toda clase de corruptelas urbanísticas en ayuntamientos (Marbella, Santa Coloma, Palma y Andratx… los casos son incontables). Un historial espectacular en la administración del Estado (de Filesa, GAL… a Gürtel). Casos increíbles en las autonomías (Valencia, Baleares…). Y escándalos que ya ni sorprenden en Europa, donde los diputados cobran primas inverosímiles por presuntos asesores que son familiares suyos y obscenas cantidades (miles de euros mensuales) por material de oficina u otros conceptos ridículos. Curriculums que dan risa (por no llorar) de ministros y altos cargos evidentemente elegidos por el único mérito de fidelidad (o, mejor dicho, de haber chupado los culos adecuados el tiempo suficiente). Un sorprendente rosario inacabable de datos comprobados escandalosos. Un desastre de dimensiones bíblicas.

Pero la mayoría de estas corruptelas son de políticos, que no es exactamente lo mismo que la administración y sus funcionarios. Para saber cómo funciona ésta por dentro no hacen falta libros. En España hay unos 3 millones de funcionarios así que todos tenemos familiares y/o amigos que trabajan en la administración… y que nos cuentan la verdad de lo que allí se cuece. ¿Quién no ha tenido esta conversación con amigos o compañeros de trabajo que explican experiencias de sus parejas, amigos o familiares que trabajan en la administración?

Tasas de absentismo del 20 ó 30% sin complejos; vacaciones más largas que los profesores; imposibilidad de despedir a nadie, aunque ni se presente a trabajar; derroche y malbaratamiento de recursos que nadie recuerda que son públicos (que vienen de las personas que trabajan de verdad); no hace falta que cuente ejemplos porque seguro que cada uno tiene los suyos recogidos en esas conversaciones que todos hemos tenido.

Un enorme engendro regulado por un sistema obsoleto y absurdo, que no da ningún tipo de incentivo a quién trabaja, se esfuerza y obtiene mejores resultados, un vivero de millones de personas que probablemente en general tienen (o tuvieron algún día) buenas intenciones pero que están desmotivadas, no sienten ningún compromiso hacia sus organizaciones y actuan impunemente porque no pueden ser despedidos. Un enorme agujero negro que engulle el dinero que pagamos los que trabajamos con nuestros impuestos y lo desperdicia de mala manera en un marasmo de ineficiencia y penosa productividad.

¿Qué se puede hacer? Como decía, a base de palabras vacías de los mismos partidos políticos que han creado este caos y con buenas intenciones de mejora, muy poco, más bien nada. Por lo menos podemos tratar de definir un modelo de administración pública distinta, mejor, que algún día en el que, por aquellas casualidades de la vida, se pudiera hacer una revolución y empezar desde cero, se podría tratar de implementar. De hecho, ha habido oportunidades previas: cuando en la transición se crearon las comunidades autónomas en España, o cuando se creó la Unión Europea, se podría haber forzado un sistema de la cosa pública distinto. Desgraciadamente se perpetuó un sistema enfermo, aunque no es de extrañar porque lo hicieron los mismos partidos políticos que alimentan este dislate.

Como esta entrada ya es bastante larga, continuaré en la siguiente exponiendo el modelo que me parecería un poco más razonable, aun no siendo experto en el tema. Aunque sospecho que el simple sentido común de nuevo arreglaría muchas cosas…

20 de Mayo de 2010

Mi país ideal (vi) empleo

Sigo con la serie “mi país ideal” para tratar otro tema fundamental: el empleo. Recientemente asistí a una charla muy interesante de una persona vinculada al mundo de las fundaciones y organizaciones benéficas y explicó un modelo que reproduzco (más o menos) a continuación. Viene a decir que la inserción social proviene fundamentalmente de dos factores: las relaciones sociales/familiares y tener empleo:

Tener empleo proporciona no sólo unos ingresos, sino una capacidad automática de contribuir a la sociedad en la que una persona vive, otorga derechos por la cotización que supone en la Seguridad Social y, en resumen, es el mejor y más sólido medio para “afiliarse” a la sociedad. Actualmente nuestro país registra una tasa de paro altísima, más alta que no sólo el resto de países europeos sino incluso de muchos otros del mundo, y sin duda esto pasará (y está pasando) factura en términos de exclusión social de colectivos que se convierten en super vulnerables al no tener empleo y unas relaciones sociales/familiares muy limitadas que tampoco permiten contar con otros apoyos para no ser excluído (por ejemplo, inmigrantes). La pregunta es ¿porqué?

Históricamente los agentes sociales y representantes de los “trabajadores” (sindicatos y otras organizaciones relacionadas con el empleo), así como los políticos y las leyes que aprueban, se han enfocado en defender ”la silla”, es decir, el puesto de trabajo. Creían (y parece que siguen creyendo) que la mejor forma de proteger y defender al trabajador es tratar de mantener su puesto (aferrarle a su silla actual), y las políticas, leyes y acciones van destinadas a ello: se limita la capacidad de las empresas de despedir personal mediante unos costes de indemnización muy altos, se hacen huelgas cuando una empresa grande quiere hacer un expediente de regulación y despedir a gente, se pretende forzar a que las contrataciones sean fijas y no temporales, etc…

Todas estas acciones parecen razonables desde la óptica de proteger al trabajador, si no fuera que probablemente estemos pensando todavía en un trabajador indefenso de hace un par de siglos. La realidad de hoy es que las empresas vienen y van, se deslocalizan, se fusionan; los negocios y su intensidad competitiva evolucionan y cambian a una velocidad enorme, las empresas no pueden planificar a tan largo plazo; y muchos empleados ya no son ”trabajadores” sino más bien profesionales bien formados que deciden dónde quieren trabajar y (excepto quizá en momentos de crisis profundas como la actual, pero incluso así) tienen capacidad de elección. En este contexto, tratar de “obligar” a las empresas a tener una contratación indefinida y con tantas barreras de salida les asusta y, por tanto, en la práctica, lleva a que haya más desempleo.

Ante esta situación que es evidente y ante el clamor de todos los organismos nacionales e internacionales que piden a España que lleve a cabo la tan mencionada reforma laboral, Gobierno y sindicatos siguen inmóviles y usan como excusa que “la solución no es abaratar el despido”. Es obvio que esta medida por sí misma y sin nada más no ayudaría mucho, pero no se trata de eso. Se trata de cambiar la mentalidad y pasar de defender la silla o el puesto de trabajo a defender a quien realmente se debería: al trabajador. Me explico.

Lo que se trataría idealmente es de tener una fuerza laboral lo más preparada posible para hacer frente a la dinámica del mercado. Esto empezaría por la educación: si todos los potenciales trabajadores de un país tuvieran una educación sólida, hablaran inglés (y ya de paso hablaran y escribieran realmente bien su lengua propia), supieran informática, tuvieran una serie de habilidades y hábitos que se necesitan para trabajar y que hoy ni se mencionan en los colegios, se potenciara una formación profesional variada y de nivel, las escuelas y universidades estuvieran más ligadas a la realidad de lo que necesitan las empresas… Si todo esto ocurriera los trabajadores estarían mucho más preparados para trabajar en muchos puestos distintos y tendrían muchos más recursos para encontrar nuevos trabajos si fueran despedidos. Pero esto es sólo el comienzo.

Si en vez de subir los costes de despido se obligara a las empresas a formar mucho más a los trabajadores, formación práctica y útil y no sólo absolutamente enfocada a un puesto y sector específico; si se fomentaran políticas que ayudaran a la movilidad laboral (que alguien de una ciudad o país pudiera más fácilmente trabajar en otra/o); si hubiera instrumentos para cubrir las necesidades puntuales de trabajo (puntas de trabajo, estacionalidades, etc. que las empresas tienen y seguirán teniendo) mucho mejores que los limitados actuales; si la cultura de nuestra sociedad fomentara y apoyara más la iniciativa emprendedora, la proactividad y la responsabilidad, entre otros valores… Podría seguir, pero creo que está bastante claro: si todo esto existiera, no haría tanta falta tratar de aferrarse a los puestos de trabajo porque se estaría fortaleciendo a quién realmente lo necesita, el trabajador, que estaría muchísimo mejor preparado para enfrentarse a un mundo laboral duro y nada fácil, que los políticos (en su mayoría funcionarios) y los sindicatos en su inmovilismo crónico o no entienden o no quieren entender.

En mi país ideal las personas/trabajadores estarían mucho más preparados y serían más independientes, fuertes y flexibles, y podrían protegerse mucho más por sí mismas en vez de depender de paupérrimas prestaciones de desempleo, leyes obsoletas y organizaciones sindicales alejadas de la realidad de un mundo laboral en el que hay cada vez menos obreros y más trabajadores formados y que gestionan conocimiento más que fuerza física.

Sinceramente creo que el mercado laboral funcionaría mucho mejor y habría no sólo mucha más ocupación, sino también más control sobre las empresas por parte de los mismos que trabajan en ellas. Pero debo estar muy equivocado (al igual que todos los países más desarrollados que el nuestro) o debe ser muy difícil de entender todo esto, porque no parece que vayamos en esta dirección, por lo menos por ahora, y así estamos. Pero, como siempre, ¡optimismo! No es tan difícil y entre todos conseguiremos avanzar en la dirección del sentido común.

2 de Mayo de 2010

Mi país ideal (v) educación

Me alegra ver que la serie de entradas “Mi país ideal” es la que está suscitando las primeras reacciones y comentarios que en un blog se agradecen mucho. Realmente es un tema que se lo merece… Pues vamos a continuar, con un tema que probablemente es la base de una sociedad: la educación. ¿Cómo sería la educación en mi país ideal? Es muy difícil explicarlo bien en una entrada corta, pero trataré de exponer algunas de mis ideas fundamentales, inevitablemente acabará siendo parcial e incompleto, espero que se entienda por lo menos un poco lo que quiero decir.

Es bastante simple imaginar qué queremos la inmensa mayoría de nosotros respecto al lugar donde vivimos: un entorno seguro y bonito, oportunidades para desarrollar nuestra vida y profesión, opciones de ocio y diversión, etc. Y entre estas cosas seguro que está el formar parte de una sociedad de ciudadanos honrados y educados, que no solamente sepan cosas sino que tengan unos valores adecuados y actuen de forma proactiva, responsable y decente. La educación debería encargarse de formar personas así. Parece simple.

¿Es responsabilidad de los padres o de las escuelas y universidades? Sin duda, de ambos. Cada uno en su papel. Lo que no entiendo es la excusa habitual de los servicios educativos: vienen a decir que “nosotros damos contenidos y los valores es cosa de los padres”. ¿Porqué? Yo creo que la educación es una mezcla de contenido y valores, y como tal debería ser tratada por padres y escuelas. Esta sería la base de una buena educación en un modelo bastante distinto del actual (por otra parte reconocidamente desastroso, tal y como se constata repetidamente en los lugares en que aparece España en los principales rankings sobre este tema).

Respecto a los padres no voy a entrar demasiado en el tema. Es mucho más personal y además es “circular”: un país que educa bien genera padres mejor capacitados para educar y empieza un círculo virtuoso, en vez del vicioso que se genera si se mal-forma a los futuros padres. Por tanto, vamos al otro lado y pensemos qué debería aportar “la escuela” (y me refiero al conjunto de la educación primaria, secundaria y universitaria).

El objetivo no debería ser llenar la cabeza de contenidos, como parece ahora mismo en la práctica, sino formar (en los muchos años que se tienen para ello, lo que significa una enorme capacidad de influencia en los años más importantes de un ser humano para construir su identidad) ciudadanos que, además de saber cosas -cuantas más mejor pero bien seleccionadas- tengan respuestas maduras a una serie de valores básicos (y uso aqui un modelo fantástico de Luis Huete para seleccionar estos valores claves, mezclándolo con los hábitos de Covey para hacer mi refrito personal):

- Seguridad: todos queremos un entorno estable y seguro pero ante la inmadura respuesta de intentar evitar cualquier riesgo (cosa imposible por otro lado) y querer ser funcionario para tener un sueldo fijo y exigir que alguien (la Administración) me solucione mis problemas, se tendría que formar a personas que quieran ser fuertes y autosuficientes, que se labren su futuro con proactividad y autonomía, que quieran emprender, que sean ambiciosos (una ambición sana) y entiendan que hay que mirar más allá, fijarse objetivos y retos, y luchar constantemente para conseguirlos, decidiendo por sí mismos sin buscar excusas ni dar culpas de sus fracasos a los demás

- Diversión: todos queremos divertirnos y pasarlo bien, pero ante la inmadura respuesta de crear ciudadanos de botellón y pelotazo para ganar dinero fácil, se tendría que formar a personas que sean curiosas, que tengan inquietudes, que se diviertan de forma sana (haciendo locuras a veces de forma espontánea, pero de forma no compulsiva) y que sepan que hacerlo tiene un precio y que se lo han de ganar, además de que se debe priorizar y a veces no se puede simplemente hacer lo que nos gusta o apetece, sino que hay que hacer lo que es necesario

- Singularidad: todos queremos ser únicos, especiales, distintos, pero ante la respuesta inmadura de la arrogancia, la chulería, la dominancia o el maltrato, se tendría que formar a personas respetuosas, que acepten la diversidad porque precisamente nos da espacio a ser distintos, seguras de sí mismas (la inseguridad es la raíz del maltrato, los celos, la intransigencia…), que quieran aprender de los demás, y que sepan que ser únicos y mejores pasa por ser útiles, servir a los demás, contribuir a formar una sociedad mejor, siendo buenas personas y buscando la forma en que todos (uno mismo y los demás) puedan ganar y desarrollarse, es decir, soluciones más sinérgicas que egoístas

- Conexión: todos queremos estar integrados en una sociedad y ser queridos, aceptados, escuchados, pero ante la inmadura respuesta de hacer lo que hacen los demás y seguir todas las modas para ser como todos o integrarse en grupos enfermizos como bandas juveniles, sectas religiosas, etc. se tendría que formar a personas que sean ciudadanos libres pero respetuosos, que se comprometan con su sociedad, que busquen su propio beneficio pero de forma “ecológica” (sostenible porque permiten a los demás hacerlo también), que escuchen y traten de entender a los demás sabiendo que es la mejor forma de ser entendidos, que se relacionen con muchas otras personas con inteligencia emocional, es decir, creando puentes y relaciones sanas y fructíferas

- Independencia e interdependencia: todos queremos desarrollarnos (ser mejores, tener más cosas, poder dar un mejor futuro a nuestros hijos…), pero ante la inmadura respuesta del egoísmo, el aislamiento, ir cada uno a lo suyo, el materialismo exagerado… se tendría que formar a personas que busquen un equilibrio entre tener más cosas (que no necesariamente es malo en mi opinión, ¿o queremos una sociedad de ascetas en las que nadie consume ni crea nada?) y ser mejores personas, busquen su propio beneficio (¡es la base de nuestra economía!) pero entiendan que forman parte de una sociedad a la que (precisamente si quieren su beneficio a largo plazo) han de contribuir a mejorar porque dependemos de los demás, nos guste o no; y que se desarrollen de forma sana y equilibrada u holística: intelectualmente, físicamente (ejercicio, alimentación…), emocionalmente y espiritualmente (que no significa necesariamente religiosamente)

Pueden haber más o menos, pero hay un conjunto de valores fundamentales que la educación ha de desarrollar, junto con unos comportamientos elementales (no violencia, respeto, espontaneidad, diversión, deporte…) y unas “herramientas” (para ser un ciudadano de provecho hoy en día hay que saber inglés -pero bien, no el inglés cutre y macarrónico que practican nuestros escolares tras años de clases mal enfocadas-, informática, comunicación en público, trabajo en equipo, etc…).

Todo esto forma un cocktail del que debería salir un modelo educativo que yo me imagino como una matriz: en un lado están los contenidos (matemáticas, historia, física…) y en el otro lado estos valores, comportamientos y herramientas (no están, por cierto, en una asignatura residual, ridícula y partidista de “ciudadanía” sino a la misma altura que los contenidos). Y en la mezcla de estas dos dimensiones nacería un modelo en el que los contenidos se entremezclan con valores y herramientas, y se aprende (por ejemplo) matemáticas en inglés o historia haciendo trabajos que se tienen que presentar en público (y no sólo ante los otros niños sino ante adultos), o se trabaja de forma específica y concreta los valores y lo que representan en la práctica, etc…. Habría que otorgar y practicar  responsabilidades, dar libertad en la forma de aprender y estudiar, liberar talento y ayudar a descubrir vocaciones (qué niños tienen ganas y posibilidades de ser buenos ingenieros, artistas, abogados, poetas…).

Y, evidentemente, falta una variable clave en todo esto: qué necesita nuestra sociedad, nuestra política, nuestras empresas… de los jóvenes. Hay que ligar de forma íntima y lógica lo que requiere nuestra sociedad con la forma en que se educa a los jóvenes, sin miedos absurdos y anacrónicos de “contaminar las puras escuelas con la maldad empresarial”. Un país fuerte requiere de una economía potente que genere empleo y bienestar, así como de una política y una Administración sana y eficiente, y todo ello empieza en la educación: un país fuerte necesita una capacidad técnica, económica, jurídica, cultural, artística… MUY potente.

Hay muchos más requisitos: una visión a largo plazo de la educación respetada por todos (y no me refiero a “un pacto de estado” hecho por cuatro partidos que luego se lo pasarán por el forro cuando puedan, sino un diseño moderno y óptimo del sistema educativo que se imponga y se exija respetar más allá de los partidos políticos), una formación continua y un enorme grado de exigencia a los profesores (ni un profesor mediocre debería pulular por nuestras escuelas y universidades) compensada lógicamente por un muchísimo mayor reconocimiento social y económico a su labor tan importante, entre muchas otras cosas, pero no quiero alargarme más. 

Formemos a personas sanas, equilibradas, eficientes, divertidas, optimistas, creativas, proactivas, emprendedoras, responsables… y tendremos una sociedad así. Continuemos formando de forma anticuada, mediocre, gris, uniforme, aburrida, desligada de las necesidades reales de la sociedad… cutre y salchichera (que es lo que hacemos hoy, para resumirlo corto y mal), y seguiremos cosechando lo que sembramos.

15 de Marzo de 2010

Mi país ideal (iv) “feina ben feta”

En la serie de entradas “mi país ideal” iba a hablar de otro tema, pero se me ha cruzado algo que no tiene desperdicio y que he de comentar. He usado la frase tan catalana (y de un anuncio muy de moda ahora de una cerveza que recupera un eslogan afortunado de años atrás) porque está muy relacionado con la forma en que hacemos las cosas en nuestro entorno. El tema nace con el Estudio de Competitividad Global que lleva a cabo el World Economic Forum.

Desde hace ya unos años, el Foro Economico de Davos realiza probablemente el mejor y más completo estudio de competitividad global en el que mide más de 100 variables o factores de competitividad de más de130 países del mundo. Recientemente se publicó el estudio 2009-2010, y me parece relevante comentarlo tras haberlo analizado con cierto detalle.

España aparece en el ranking general en el puesto 33, habiendo perdido 3 posiciones respecto al estudio anterior (2008-2009). Esto sólo ya choca, puesto que por tamaño del mercado España es una de las 10 ó 12 primeras economías mundiales. Pero no es nada comparado con lo que se aprecia rascando un poco debajo de la superficie.

A continuación relaciono como ejemplos algunos de los factores evaluados, indicando la posición en la que figura España en el ranking de ese factor en particular y los compañeros de viaje que acompañan a España en los puestos inmediatamente inferiores o superiores (y no se trata de una broma: todo es rigurosamente cierto, consultable en la página web del WEF):

- Confianza en los políticos: 50 (Indonesia, Estonia, Montenegro…)

- Independencia del poder judicial: 60 (Nigeria, Líbia, Azerbayan…)

- Carga derivada de la regulación pública: 105 (Vietnam, Burundi, Camerún…) 

- Déficit público: 99 (Grecia -ay ay…-, Namíbia, Mauritania…)

- Deuda pública: 85 (Nepal, Lesotho, Panamá…)

- Calidad de la educación primaria: 72 (Benin, Colombia, Arabia Saudí, Puerto Rico…)

- Calidad de la educación secundaria: 78 (Ghana, Etiopía, Rumanía… hay que señalar sin embargo que en el factor calidad de las escuelas de management España ocupa un meritorio 6º lugar en el ranking, lo cual es un auténtico alivio para los que hemos estudiado en ellas, todo hay que decirlo…)

- Calidad de la enseñanza superior de ciencia y matemáticas: 99 (Nigeria, República Kyrgyz, Malaui…)

- Training del staff educativo (profesores): 73 (Albania, Botswana…)

- Nº de procedimientos y tiempo para crear una empresa: 108 (Timor, Mozambique, Trinidad Tobago, Guyana…)

- Prácticas de contratación y despido, rigidez mercado laboral: 122 (Tanzania, Mali, Senegal, Paraguay…)

- Integración femenina al mercado laboral: 81 (Zambia, Zimbawe, Jamaica…)

- Absorción de nuevas tecnologías: 49 (Egipto, Guatemala, Chipre…)

- Voluntad de delegar autoridad por parte de los directivos: 47 (El Salvador, Sri Lanka, Gambia, Omán…)

No voy a continuar, que luego nos acusan a los que trabajamos en el sector farmacéutico de provocar enfermedades (en este caso depresiones) para vender más medicamentos. De todas formas la conclusión está clara: ¡nos movemos entre la élite!

En los últimos meses intento hacer un fuerte ejercicio de empatía y ponerme en el lugar de un alemán o un holandés (la matriz de la empresa en la que trabajo está en este último país). Llevan años contribuyendo con ingentes cantidades al fondo de desarrollo europeo viendo como España crecía y crecía… para descubrir de pronto que no habían invertido todo este dinero en los pilares de una economía fuerte y sostenible (innovación, educación, etc.), sino en una fiesta (¿orgía?) constructiva que de pronto ha terminado en seco y tras ella sólo queda casi un 20% de paro y un lastre económico para toda la zona euro. ¿Qué deben pensar de nosotros nuestros colegas del norte?

Un país no se construye a base de pelotazos inmobiliarios y turismo de bajo nivel, millones de funcionarios y constructores con Porsche Cayenne. Un país serio (“ideal”) requiere de unas bases sólidas, un proyecto de futuro claro, una conciencia de las ventajas e inconvenientes, un enfoque hacia ciertas actividades y un fuerte alineamiento de todas las actividades hacia éstas, empezando por la educación (la base de la cultura de un país), la administración pública, la tecnología, los servicios, etc. Y un país serio también requiere de unos líderes fuertes y competentes que guíen y controlen el paso, sin llevar a cabo medidas deficitarias ni debates estériles partidistas, sino con una auténtica vocación de servicio. Y, también, de unos ciudadanos comprometidos, responsables, creativos, emprendedores, trabajadores, con una cultura de esfuerzo (o una cultura almenos, de cualquier clase…).

Viendo el estudio de competitividad del WEF lo que uno se pregunta cándidamente es ¿y cómo demonios saldremos de ésta? Aunque luego, tras el pesimismo inicial, yo me tranquilizo: en el fondo no es tan difícil… o no debería serlo para unos líderes mínimamente preparados y un país con ganas de tirar adelante. Se trata de ideas claras, proyecto y liderazgo, y de unos hábitos adecuados para hacer bien las cosas, con mucho sentido común. Con esto sólo creo que ya llegaríamos bastante más lejos, ¿no?

25 de Febrero de 2010

Mi país ideal (iii) confianza

Sigo con la serie de entradas sobre mi país ideal (¿una utopía?… ¡no! ¡ha de ser posible, no es tan difícil!). En esta entrada se comenta otro aspecto necesario en mi entender: confianza. En mi último libro (“Liderazgo peregrino“) se entra en detalle con un modelo que explica lo que fundamenta la confianza. Por ejemplo, para confiar en un político se requiere que: sea competente (tenga la formación y experiencia necesarias, cosas tan básicas como que hable inglés o sepa de lo que gestiona…, que tenga un curriculum con éxitos probados), que sea responsable y se comprometa, que tenga buenas intenciones, que hable claro (lo bueno y lo malo), que sea coherente y hace lo que dice, que tenga las ideas claras y no las cambie cada día, que sea auténtico, natural, transparente, que actúe más que hable, que consiga resultados tangibles, que se disculpe cuando cometa errores y arregle las consecuencias, entre otras cosas.

El domingo 7 de febrero de 2010 en La Vanguardia aparece un artículo de 2 páginas enteras, con titulares enormes que rezan: “Crisis de liderazgo”, “La recesión revela las carencias de una clase política incapaz de ejercer de referente”, “El nivel cultural de la población se ha elevado, pero no el de los líderes”, “El descrédito crece porque el Gobierno está desbordado y no se ve alternativa”, “Crisis de personalidad, coherencia, discurso y carisma”, “El desapego es más intenso en Catalunya”… no sigo para no hacer más mala sangre, pero acaba con un recuadro titulado lacónamicamente “DESCONFIANZA HACIA LOS POLÍTICOS”… supongo que queda claro leyendo estos dos párrafos que éste no debe ser mi país ideal…

La confianza, según dice Covey jr. en un fantástico libro que habla de ella, es el valor que lo cambia todo, el catalizador que hace que una organización, una sociedad, una empresa o un país funcione. Nuestro mundo está lleno de automatismos y tecnología pero al final resulta que se desmonta todo el sistema económico cuando los bancos pierden la confianza entre ellos y dejan de prestarse dinero, o que la política es un desastre porque los ciudadanos han perdido la confianza en sus gobernantes. La confianza es un elemento esencial del liderazgo y, desde luego, me gustaría vivir en un país donde reinara la confianza: confianza de unos ciudadanos hacia otros, conafianza en la policia y la seguridad, confianza hacia los que gobiernan basada en una buena gestión del dinero que me quitan cada mes para invertirlo en servicios públicos, confianza en el futuro basada en una visión clara de hacia donde se pretende llegar y cómo se conseguirá…

Siendo un poco más concreto, me gustaría confiar en las personas que gobernaran mi país porque viera claramente que éstos:

1. Son personas o gestores competentes, cuyo curriculum está en internet y puedo verlo (y no contiene medias verdades o mentiras como “economía y derecho” cuando sólo cursó un par de años de cada carrera y no acabó ninguna… y esto es un caso real de un político muy relevante de nuestro país), tienen estudios, hablan idiomas, tienen experiencia, tienen un historial de éxitos sólidos (no como una ministra española cuyo historial anterior es el de presidir la comisión de la junta de Andalucía para el desarrollo del flamenco y haber hecho unos meses de prácticas en un banco entre otras cosas menores -¿puede haberlas menores?)… En resumen, que no ocurra como ahora: que en cualquier empresa se pide más en un proceso de selección de una secretaria que lo que pedimos para llegar a ser ministro o presidente de un gobierno.

2. Tienen buenas intenciones: vocación de servicio, es decir, que están en sus cargos porque quieren dedicar parte de su vida a mejorar la sociedad y no para “forrarse” (como se pilló diciendo a un relevante político que ahora tiene un sueldo millonario en una gran empresa española post-monopólica), para hacer de ello su profesión de por vida o para acaparar poder. Que sean responsables y comprometidos (ayer puse la tele un rato para escuchar el pleno del parlament de Catalunya sobre la crisis económica y la mitad del hemiciclo estaba vacío, y uno se pregunta cándidamente ¿es que hay cosas más importantes que la crisis y cómo salir de ella? ¿es que los diputados no cobran un salario muy alto para hacer su trabajo, que empieza por asistir al parlamento? ¿qué pasaría si en una empresa un día clave, de los más importantes del año, faltara la mitad de los empleados porque están cansados o tenían otras cosas que hacer y se han largado?…)

3. Que sean claros hablando, transparentes. Que me traten como un adulto: me expliquen lo bueno y lo malo, me rindan cuentas de lo que están haciendo con mi dinero que cada mes me quitan a través de los (enormes) impuestos, que reconozcan cuando se equivocan y me digan cómo lo solucionarán y cómo evitarán que ocurra de nuevo, que me pidan mi opinión (hoy en día hay mil formas “2.0″ de hacerlo) y la tengan en cuenta, que afronten los problemas sin dilatarlos ni disminuirlos pensando que me voy a creer que no existen porque ellos lo digan, que dediquen tiempo a conocer lo que ocurre en la realidad de la gente que (al contrario de ellos) pueden perder sus empleos por la crisis. Y sobre todo que sean coherentes, que tengan ideas claras y las defiendan, que hagan lo que dicen, que no cambien de discurso según el día que hace, que no mientan flagrantemente porque hay grabaciones que lo demuestran y no pase nada.

4. Que actúen, mucho y rápido. Que hagan cosas útiles, sin comisiones que eternizan los temas y los diluyen sin llegar nunca a la acción, que parecen hechas para otorgarse salarios extras, añadidos a los ya sustanciales emolumentos que tienen para lo que consiguen (aunque por lo menos dan motivos para reirse un rato, como estos últimos días en los que el presidente de una comisión para la seguridad viaria -que nadie sabía que existía y que uno se pregunta qué valor debe añadir al ya nutrido departamento de un ministerio que se encarga de ello- ha sido acusado de un delito por haber tenido un accidente conduciendo con una tasa de alcoholemia el doble de alta que la permitida… no me diréis que no es almodovariano o todavía peor). Que obtengan resultados tangibles que mejoren mi vida, aunque no den titulares muy bonitos para ellos. Y, en cuanto a resultados, también muchos y rápidos, constantes.

5. Que sean buenos líderes (y aqui me remito a una entrada anterior del blog que explica con más detalle a qué me refiero: a que tengan un proyecto ambicioso, atractivo y claro para el país, que inspiren a sus ciudadanos, que sean un ejemplo de lo que predican, etc…).

18 de Febrero de 2010

Mis libros de vino

Yo no me dedico profesionalmente al mundo del vino, que quede claro de entrada. El vino es sólo uno de mis hobbies preferidos y mi bebida favorita, la que pone el broche a una cena romántica con mi mujer, la que sella una interesante comida de trabajo, la que siempre está ahí para elevar un ágape agradable a la categoría de inolvidable en mi archivo de memoria de las pequeñas cosas que, al final, le hacen feliz a uno.

Sin embargo, con mi a veces compulsiva tendencia a nunca quedarme en la superficie o lo que hace la mayoría, no quise que el vino fuera sólo un hobby más; es demasiado perfecto para ser sólo eso. Y empecé a leer y escribir muchas notas inconexas sobre vino. Al final, todo ello desembocó de forma bastante casual, en un libro de vino, que además supuso mi bautizo de fuego en el mundo de escribir libros. Por el cariño que puse en hacerlo, el trabajo que me supuso y la sencillez, humildad pero a la vez contenido y formato muy profesionales que tiene, guardo un lugar especial en mi corazón para “La cultura del vino”.

“La cultura del vino” es un libro que empieza desde cero, para cualquier aficionado que no sepa casi nada más que una cosa (probablemente la más importante): que le gusta el vino. En esto se parece a muchos otros libros existentes, pero se diferencia de la mayoría en el otro extremo: llega muy lejos. El mundo del vino tiene mucho escrito, pero la mayoría entra en dos catorías extremas: densos manuales expertos inalcanzables para un simple aficionado y libros de tipo “saber algo de vinos para poder quedar bien en una comida de trabajo” absolutamente superficiales. Este libro, en cambio, empieza desde abajo pero construye sólidamente las bases para llegar bastante alto y saber realmente de vino, con un lenguaje simple y claro, que refleja pasión por el vino más que ceñudo conocimiento. En un formato de página grande, con muchas imágenes en color y muchos elementos gráficos, es una herramienta ideal para quien quiera saber de vino y constituye un regalo perfecto para un aficionado. Y cuenta, además, con un prólogo de Mauricio Wiesenthal, uno de los mejores expertos que tenemos en nuestro país además de una fantástica persona.

Después de “la cultura” ví que el material-contenido de ésta se podía combinar muy bien con otra idea que me rondaba por la cabeza desde hacía mucho tiempo. Me había estado haciendo un software propio para gestionar mi bodega, hacer mis catas y otras funcionadades. Cuando mi editor lo vió, me animó a convertirlo en una herramienta “comercializable” y así nació “Winesoft”. Es un libro que lleva un CD con una aplicación que, sin querer ser un software totalmente profesional, permite a cualquier aficionado hacer catas de una forma sistemática y óptima, gestionar su bodega y, en definitiva a través de éstas y otras funcionalidades, saber más de vino. Constituye también un regalo perfecto para un aficionado porque tiene un buen contenido pero además la aplicación informática, un elemento que lo diferencia de la mayoría de otros libros de vino (que hay muchos!).

En definitiva, estos son mis dos libros de vino, una afición a la que por desgracia en este momento no puedo dedicar tanta atención como me gustaría por mis otras actividades profesionales, pero a la que seguiré “enganchado” toda mi vida. He recibido un montón de felicitaciones de gente desconocida (¡gracias!) que ha leído alguno de ellos así que ¡os animo a todos compartir conmigo el apasionante mundo del vino!