Sigo con la serie de entradas sobre mi país ideal (¿una utopía?… ¡no! ¡ha de ser posible, no es tan difícil!). En esta entrada se comenta otro aspecto necesario en mi entender: confianza. En mi último libro (“Liderazgo peregrino“) se entra en detalle con un modelo que explica lo que fundamenta la confianza. Por ejemplo, para confiar en un político se requiere que: sea competente (tenga la formación y experiencia necesarias, cosas tan básicas como que hable inglés o sepa de lo que gestiona…, que tenga un curriculum con éxitos probados), que sea responsable y se comprometa, que tenga buenas intenciones, que hable claro (lo bueno y lo malo), que sea coherente y hace lo que dice, que tenga las ideas claras y no las cambie cada día, que sea auténtico, natural, transparente, que actúe más que hable, que consiga resultados tangibles, que se disculpe cuando cometa errores y arregle las consecuencias, entre otras cosas.

El domingo 7 de febrero de 2010 en La Vanguardia aparece un artículo de 2 páginas enteras, con titulares enormes que rezan: “Crisis de liderazgo”, “La recesión revela las carencias de una clase política incapaz de ejercer de referente”, “El nivel cultural de la población se ha elevado, pero no el de los líderes”, “El descrédito crece porque el Gobierno está desbordado y no se ve alternativa”, “Crisis de personalidad, coherencia, discurso y carisma”, “El desapego es más intenso en Catalunya”… no sigo para no hacer más mala sangre, pero acaba con un recuadro titulado lacónamicamente “DESCONFIANZA HACIA LOS POLÍTICOS”… supongo que queda claro leyendo estos dos párrafos que éste no debe ser mi país ideal…

La confianza, según dice Covey jr. en un fantástico libro que habla de ella, es el valor que lo cambia todo, el catalizador que hace que una organización, una sociedad, una empresa o un país funcione. Nuestro mundo está lleno de automatismos y tecnología pero al final resulta que se desmonta todo el sistema económico cuando los bancos pierden la confianza entre ellos y dejan de prestarse dinero, o que la política es un desastre porque los ciudadanos han perdido la confianza en sus gobernantes. La confianza es un elemento esencial del liderazgo y, desde luego, me gustaría vivir en un país donde reinara la confianza: confianza de unos ciudadanos hacia otros, conafianza en la policia y la seguridad, confianza hacia los que gobiernan basada en una buena gestión del dinero que me quitan cada mes para invertirlo en servicios públicos, confianza en el futuro basada en una visión clara de hacia donde se pretende llegar y cómo se conseguirá…

Siendo un poco más concreto, me gustaría confiar en las personas que gobernaran mi país porque viera claramente que éstos:

1. Son personas o gestores competentes, cuyo curriculum está en internet y puedo verlo (y no contiene medias verdades o mentiras como “economía y derecho” cuando sólo cursó un par de años de cada carrera y no acabó ninguna… y esto es un caso real de un político muy relevante de nuestro país), tienen estudios, hablan idiomas, tienen experiencia, tienen un historial de éxitos sólidos (no como una ministra española cuyo historial anterior es el de presidir la comisión de la junta de Andalucía para el desarrollo del flamenco y haber hecho unos meses de prácticas en un banco entre otras cosas menores -¿puede haberlas menores?)… En resumen, que no ocurra como ahora: que en cualquier empresa se pide más en un proceso de selección de una secretaria que lo que pedimos para llegar a ser ministro o presidente de un gobierno.

2. Tienen buenas intenciones: vocación de servicio, es decir, que están en sus cargos porque quieren dedicar parte de su vida a mejorar la sociedad y no para “forrarse” (como se pilló diciendo a un relevante político que ahora tiene un sueldo millonario en una gran empresa española post-monopólica), para hacer de ello su profesión de por vida o para acaparar poder. Que sean responsables y comprometidos (ayer puse la tele un rato para escuchar el pleno del parlament de Catalunya sobre la crisis económica y la mitad del hemiciclo estaba vacío, y uno se pregunta cándidamente ¿es que hay cosas más importantes que la crisis y cómo salir de ella? ¿es que los diputados no cobran un salario muy alto para hacer su trabajo, que empieza por asistir al parlamento? ¿qué pasaría si en una empresa un día clave, de los más importantes del año, faltara la mitad de los empleados porque están cansados o tenían otras cosas que hacer y se han largado?…)

3. Que sean claros hablando, transparentes. Que me traten como un adulto: me expliquen lo bueno y lo malo, me rindan cuentas de lo que están haciendo con mi dinero que cada mes me quitan a través de los (enormes) impuestos, que reconozcan cuando se equivocan y me digan cómo lo solucionarán y cómo evitarán que ocurra de nuevo, que me pidan mi opinión (hoy en día hay mil formas “2.0” de hacerlo) y la tengan en cuenta, que afronten los problemas sin dilatarlos ni disminuirlos pensando que me voy a creer que no existen porque ellos lo digan, que dediquen tiempo a conocer lo que ocurre en la realidad de la gente que (al contrario de ellos) pueden perder sus empleos por la crisis. Y sobre todo que sean coherentes, que tengan ideas claras y las defiendan, que hagan lo que dicen, que no cambien de discurso según el día que hace, que no mientan flagrantemente porque hay grabaciones que lo demuestran y no pase nada.

4. Que actúen, mucho y rápido. Que hagan cosas útiles, sin comisiones que eternizan los temas y los diluyen sin llegar nunca a la acción, que parecen hechas para otorgarse salarios extras, añadidos a los ya sustanciales emolumentos que tienen para lo que consiguen (aunque por lo menos dan motivos para reirse un rato, como estos últimos días en los que el presidente de una comisión para la seguridad viaria -que nadie sabía que existía y que uno se pregunta qué valor debe añadir al ya nutrido departamento de un ministerio que se encarga de ello- ha sido acusado de un delito por haber tenido un accidente conduciendo con una tasa de alcoholemia el doble de alta que la permitida… no me diréis que no es almodovariano o todavía peor). Que obtengan resultados tangibles que mejoren mi vida, aunque no den titulares muy bonitos para ellos. Y, en cuanto a resultados, también muchos y rápidos, constantes.

5. Que sean buenos líderes (y aqui me remito a una entrada anterior del blog que explica con más detalle a qué me refiero: a que tengan un proyecto ambicioso, atractivo y claro para el país, que inspiren a sus ciudadanos, que sean un ejemplo de lo que predican, etc…).