Sigo con la serie «mi país ideal» para tratar otro tema fundamental: el empleo. Recientemente asistí a una charla muy interesante de una persona vinculada al mundo de las fundaciones y organizaciones benéficas y explicó un modelo que reproduzco (más o menos) a continuación. Viene a decir que la inserción social proviene fundamentalmente de dos factores: las relaciones sociales/familiares y tener empleo:

Tener empleo proporciona no sólo unos ingresos, sino una capacidad automática de contribuir a la sociedad en la que una persona vive, otorga derechos por la cotización que supone en la Seguridad Social y, en resumen, es el mejor y más sólido medio para «afiliarse» a la sociedad. Actualmente nuestro país registra una tasa de paro altísima, más alta que no sólo el resto de países europeos sino incluso de muchos otros del mundo, y sin duda esto pasará (y está pasando) factura en términos de exclusión social de colectivos que se convierten en super vulnerables al no tener empleo y unas relaciones sociales/familiares muy limitadas que tampoco permiten contar con otros apoyos para no ser excluído (por ejemplo, inmigrantes). La pregunta es ¿porqué?

Históricamente los agentes sociales y representantes de los «trabajadores» (sindicatos y otras organizaciones relacionadas con el empleo), así como los políticos y las leyes que aprueban, se han enfocado en defender «la silla», es decir, el puesto de trabajo. Creían (y parece que siguen creyendo) que la mejor forma de proteger y defender al trabajador es tratar de mantener su puesto (aferrarle a su silla actual), y las políticas, leyes y acciones van destinadas a ello: se limita la capacidad de las empresas de despedir personal mediante unos costes de indemnización muy altos, se hacen huelgas cuando una empresa grande quiere hacer un expediente de regulación y despedir a gente, se pretende forzar a que las contrataciones sean fijas y no temporales, etc…

Todas estas acciones parecen razonables desde la óptica de proteger al trabajador, si no fuera que probablemente estemos pensando todavía en un trabajador indefenso de hace un par de siglos. La realidad de hoy es que las empresas vienen y van, se deslocalizan, se fusionan; los negocios y su intensidad competitiva evolucionan y cambian a una velocidad enorme, las empresas no pueden planificar a tan largo plazo; y muchos empleados ya no son «trabajadores» sino más bien profesionales bien formados que deciden dónde quieren trabajar y (excepto quizá en momentos de crisis profundas como la actual, pero incluso así) tienen capacidad de elección. En este contexto, tratar de «obligar» a las empresas a tener una contratación indefinida y con tantas barreras de salida les asusta y, por tanto, en la práctica, lleva a que haya más desempleo.

Ante esta situación que es evidente y ante el clamor de todos los organismos nacionales e internacionales que piden a España que lleve a cabo la tan mencionada reforma laboral, Gobierno y sindicatos siguen inmóviles y usan como excusa que «la solución no es abaratar el despido». Es obvio que esta medida por sí misma y sin nada más no ayudaría mucho, pero no se trata de eso. Se trata de cambiar la mentalidad y pasar de defender la silla o el puesto de trabajo a defender a quien realmente se debería: al trabajador. Me explico.

Lo que se trataría idealmente es de tener una fuerza laboral lo más preparada posible para hacer frente a la dinámica del mercado. Esto empezaría por la educación: si todos los potenciales trabajadores de un país tuvieran una educación sólida, hablaran inglés (y ya de paso hablaran y escribieran realmente bien su lengua propia), supieran informática, tuvieran una serie de habilidades y hábitos que se necesitan para trabajar y que hoy ni se mencionan en los colegios, se potenciara una formación profesional variada y de nivel, las escuelas y universidades estuvieran más ligadas a la realidad de lo que necesitan las empresas… Si todo esto ocurriera los trabajadores estarían mucho más preparados para trabajar en muchos puestos distintos y tendrían muchos más recursos para encontrar nuevos trabajos si fueran despedidos. Pero esto es sólo el comienzo.

Si en vez de subir los costes de despido se obligara a las empresas a formar mucho más a los trabajadores, formación práctica y útil y no sólo absolutamente enfocada a un puesto y sector específico; si se fomentaran políticas que ayudaran a la movilidad laboral (que alguien de una ciudad o país pudiera más fácilmente trabajar en otra/o); si hubiera instrumentos para cubrir las necesidades puntuales de trabajo (puntas de trabajo, estacionalidades, etc. que las empresas tienen y seguirán teniendo) mucho mejores que los limitados actuales; si la cultura de nuestra sociedad fomentara y apoyara más la iniciativa emprendedora, la proactividad y la responsabilidad, entre otros valores… Podría seguir, pero creo que está bastante claro: si todo esto existiera, no haría tanta falta tratar de aferrarse a los puestos de trabajo porque se estaría fortaleciendo a quién realmente lo necesita, el trabajador, que estaría muchísimo mejor preparado para enfrentarse a un mundo laboral duro y nada fácil, que los políticos (en su mayoría funcionarios) y los sindicatos en su inmovilismo crónico o no entienden o no quieren entender.

En mi país ideal las personas/trabajadores estarían mucho más preparados y serían más independientes, fuertes y flexibles, y podrían protegerse mucho más por sí mismas en vez de depender de paupérrimas prestaciones de desempleo, leyes obsoletas y organizaciones sindicales alejadas de la realidad de un mundo laboral en el que hay cada vez menos obreros y más trabajadores formados y que gestionan conocimiento más que fuerza física.

Sinceramente creo que el mercado laboral funcionaría mucho mejor y habría no sólo mucha más ocupación, sino también más control sobre las empresas por parte de los mismos que trabajan en ellas. Pero debo estar muy equivocado (al igual que todos los países más desarrollados que el nuestro) o debe ser muy difícil de entender todo esto, porque no parece que vayamos en esta dirección, por lo menos por ahora, y así estamos. Pero, como siempre, ¡optimismo! No es tan difícil y entre todos conseguiremos avanzar en la dirección del sentido común.