Hago una especie de bis respecto a la última entrada de la serie “mi país ideal” en el que hablaba de la administración pública. Viene a cuento por dos anécdotas ocurridas en los últimos días y que creo que ilustran muchas cosas.

El otro día un amigo me explicó que una persona cercana que trabaja en una universidad pública como responsable de un departamento necesitaba fichar a una persona. Para ello, se constituyó un “tribunal” formado por el rector, el responsable de recursos humanos (que por lo visto no ha empezado a entender ni la primera R del término) y un delegado sindical; el jefe del departamento, como deferencia especial, fue invitado a atender a las entrevistas, sin voz ni voto (?!). Había 3 candidatos, uno que no se sabe cómo llegó allí, debía ser de relleno; otro era una chica brillante, formada en lo que se requería, espabilada, comprometida, la candidata ideal; y un tercero era un becario que trabajaba en la universidad. El jefe del departamento suplicó fichar a la chica, pero el sabio tribunal fichó al becario, con el argumento inapelable de que “era uno de los suyos” (a saber á qué se referían: ¿estaba afiliado al sindicato? ¿era amigo o pariente lejano de alguno de ellos? ¿pertenecía al mismo partido político de alguno de ellos?…).

La otra anécdota la viví yo mismo. Esta semana pasada Synthon recibió una dura auditoría de tres inspectores de la FDA (la autoridad sanitaria de EEUU). Llegaron un domingo (volando en turista desde NY), trabajaron cada día de la semana de 8 de la mañana a 8 de la tarde, haciendo gala además de una profesionalidad, conocimiento y energía realmente de admirar; y regresaron el sábado por la mañana a EEUU. En una conversación informal les preguntamos qué les había llevado a trabajar en la administración, y explicaron que las agencias públicas norteamericanas llevan a cabo una intensa labor de búsqueda de los mejores candidatos, empezando por las universidades en las que realizan tests hechos a medida para encontrar los mejores perfiles para el trabajo que necesitan hacer, pasando por muchas otras acciones y, sobre todo, una exhaustiva formación que les lleva a sentirse orgullosos de defender la salud de sus compatriotas con el máximo ahínco y profesionalidad.

¿Significa ésto que en la administración pública norteamericana no puede haber funcionarios vagos, desmotivados y que prestan un servicio lamentable a su cliente-ciudadano? Seguro que no, sin duda los debe haber. Sin embargo, ante estos dos estilos de seleccionar candidatos creo que nadie puede dudar de qué administración pública tiene más probabilidad de tener este tipo de funcionarios, ¿no? Todas las generalizaciones basadas en ejemplos son, por definición, injustas, pero a la vez los ejemplos demuestran algo, que cuando es tan claro y evidente, es difícil de contestar. La administración pública de EEUU sin duda no es el modelo ejemplar a seguir, y tiene muchas deficiencias. Pero algo hacen mejor que nosotros, de esto tampoco queda duda.